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El Protocolo Horizontal

Luis XIV - Hyacinthe Rigaud
Cuando Luis XIV, a la sazón rey absoluto de Francia, iniciaba cada noche el camino a la cama, se ponía en marcha un elaborado ceremonial observado por decenas de cortesanos, conocido como le Coucher du Roi, una representación política coreografiada al milímetro, diseñada para reafirmar la jerarquía de la corte y el carácter casi divino del monarca.

El ritual que marcaba el fin de la jornada se dividía en diferentes etapas en función del grado de cercanía y privilegio de los asistentes;  era el despliegue de un elaborado sistema de esclusas que de forma estratificada permitía el acceso a la intimidad del cuerpo del rey durmiente.


  En su fase más pública, el Grand Coucher se iniciaba cuando, tras la cena, el rey se retiraba a sus aposentos seguido de decenas de cortesanos que observaban de cerca el ritual. Llegado a la habitación, el rey recibía el agua bendita y se postraba ante la balaustrada de oro que separaba la cama real del resto de la estancia para rezar sus oraciones. Era un momento solemne que se desarrollaba en el más estricto de los silencios y en el que se escenificaba la íntima conexión del monarca con Dios.


Un momento importante del Grand Coucher llegaba cuando el monarca o su chambelán escogía al afortunado que debía sostener la palmatoria en el momento de desvestirse, un privilegio reservado a aquellos que gozaban de su favor. Con el noble alumbrando, (un alumbrado más simbólico que real, pues la escasa luz de la palmatoria no competía con los imponentes candelabros que guarecían la estancia) el rey comenzaba a despojarse de sus insignias públicas: sombrero, espada, guantes y la banda azul de la Orden del Espíritu Santo. 


Ataviado con la camisa y la bata de noche, el rey despedía a los cortesanos con una reverencia, acompañada de la fórmula de los ujieres "allons, Messieurs, passez!" que daba lugar a una nueva criba ritual, cuyo hito arquitectónico era encarnado por la balaustrada dorada que rodeaba el lecho real. Esa frontera física y simbólica delimitaba un ámbito de intimidad, aunque ni siquiera allí quedara ningún gesto libre de etiqueta.


Una vez retirada la multitud comenzaba el Petit Coucher, un momento más privado reservado a los criados esenciales y a su círculo más íntimo, en el que el rey podía departir con los escogidos. Esta fase, más distendida, no estaba exenta de su respectivo ritual y un poco de indisimulada coquetería: el rey se despojaba de su peluca de día, la que le otorgaba dignidad y unos cuantos centímetros por añadidura, para ponerse el postizo de dormir.


    No en vano, su figura encarnaba al estado francés y por ende, el más nimio y cotidiano de sus gestos era profusamente ritualizado a fin de operar la mágica transmutación de lo particular a lo colectivo: cuando el monarca se acostaba Francia entera concluía su jornada. El rey Sol había dejado de brillar.


El elaboradísimo ceremonial versallesco es, con toda probabilidad, el culmen de los protocolos que los hombres de todo tiempo y condición han desplegado a la hora de irse a dormir. A diferencia de la prosaica indolencia con la que el despreocupado hombre contemporáneo se mete en la cama, para sus ancestros acostarse no era el acto inocuo de acceso al descanso, sino un umbral ante el enigma del sueño: interrupción de la conciencia, ensayo de la muerte y conexión con el más allá por la vía onírica.


No debe extrañarnos que para prepararse ante el inquietante acto de dormir, se dispusiera de una panoplia de técnicas, instrumentos y fórmulas rituales con el objetivo de aplacar la ansiedad ante semejante tránsito de la conciencia. 


La que más tempranamente acude a nuestra cabeza es la preceptiva oración, que pese a su obvia asociación cristiana, tiene una genealogía más rica y un arraigo muy amplio en diferentes culturas. En todas ellas el objetivo pretendido es idéntico: antes de abandonar el control de la conciencia al incierto territorio del sueño es imperativo emitir una fórmula-cerrojo que permitía cerrar el día y proteger el tránsito del sueño hasta la nueva jornada. Bajo distintas apariencias rituales la oración nocturna ha pervivido a lo largo de los siglos.


     Ya en la antigua Mesopotamia, aun cuando oración y conjuro no estaban claramente separados, la práctica ritual consistía en el recitado de fórmulas para neutralizar demonios, hechizos y otros factores que podían desembocar en pesadillas, enfermedad o incluso la muerte. La palabra verbalizada no se limitaba a expresar sino que hacía de facto el conjuro, una premisa que se repetirá en otras muchas culturas. La oración-conjuro debe ser enunciada para ser efectiva. 

La tradición védica ofrece ejemplos especialmente explícitos. El Atharva Veda contiene himnos dirigidos a la Noche y al propio Sueño, además de conjuros contra las pesadillas.

"Aparto de mí el mal sueño; hago de la palabra sagrada mi defensa interior "

 En uno de estos rezos se identifica al sueño con la muerte y, precisamente porque se conoce su naturaleza peligrosa, se le ordena proteger al durmiente

"Oh, Sueño: eres servidor de Yama (dios de la Muerte), eres quien pone fin, eres la muerte. Protégenos de los malos sueños" 

El judaísmo convirtió esa protección verbal en una liturgia doméstica. El Talmud prescribe recitar el Shemá ya en la cama y añadir una bendición que pide acostarse en paz, quedar libre de malos sueños y volver a abrir los ojos por la mañana para no «dormir el sueño de la muerte». 

El cristianismo heredó esa tradición judía y la amplificó. El rezo nocturno no solo pedía protección: incluía examen de conciencia, confesión de las faltas del día y encomienda del alma. Pues efectivamente, también en el ámbito cristiano encontramos la letanía del sueño como anticipación de la muerte y la fórmula «En tus manos encomiendo mi espíritu» —las últimas palabras de Cristo en la cruz— convertía cada noche en una diminuta ars moriendi.

Su formulación más extendida, el Paternoster blanco no era una oración oficial ni tenía una versión única, más bien era una familia de plegarias populares recitadas antes de dormir, a medio camino entre la devoción cristiana y el conjuro protector. Fue especialmente popular en Francia y las islas Británicas, entre la Edad Media y la Edad Moderna.  En algunas de sus versiones, los cuatro evangelistas —Mateo, Marcos, Lucas y Juan— eran invocados para ocupar simbólicamente las cuatro esquinas de la cama, convirtiendo el lecho en un recinto custodiado. 


La oración privada antes de dormir convivió con la oración monástica de Completas, concebida como cierre verbal de la jornada. La Regla de san Benito ordenaba que, después de Completas, ya no se pronunciara palabra alguna: la oración cerraba la puerta del día y el silencio acompañaba al monje hasta el sueño.

El islam desarrolló un protocolo igualmente preciso: ablución, postura sobre el lado derecho y fórmulas determinadas de gratitud, protección y abandono en Dios. Una de ellas recuerda que quien muera durante esa noche morirá en estado de fe; de nuevo, acostarse aparece como una pequeña entrega anticipada a la muerte.

    En cualquier caso, todas estas fórmulas, rezos y cerrojos verbales debieron parecer insuficientes frente a una noche que multiplicaba sus amenazas cuando al peligro de la condenación espiritual ortodoxa se le unía la siempre fértil superstición pagana: brujas y hadas, súcubos e íncubos.

Otro reparo ligado al dormir, algo más prosaico pero no menos cargado de superstición, era el temor al asalto de los malos sueños, y como tal merecía su tratamiento profiláctico. En su etimología inglesa la palabra "nightmare" no aludía a las "yegua" sino a la "mære" anglosajona, o la "mara" nórdica: un espíritu que sentado sobre el pecho del durmiente le robaba el aliento. En castellano la palabra "pesadilla" refiere a idéntica sintomatología, y ambas parecen describir el moderno diagnóstico de la parálisis del sueño: despertar con el cuerpo inmovilizado, presión en el pecho y sensación de presencia intrusa en la habitación; un síndrome de la medicina moderna que antiguamente solo encontraba acomodo en los manuales de demonología.

Johann Heinrich Füssli . The Nightmare (1781)
 Se hacía entonces perentorio complementar las prácticas verbales con toda una panoplia de quincalla defensiva: objetos convencionales transformados en amuletos preventivos por medio de manipulaciones mágicas. De esta forma se desplegaba en el entorno del lecho toda una tecnología de la superstición: 

Así. por ejemplo, era común dejar bajo la almohada algún objeto de hierro, ya fueran tijeras, alfileres o herraduras, en la creencia de que repelían a hadas y otros seres feéricos. En la cuna de los niños se colgaba coral rojo a fin de impedir que las brujas chuparan el aliento del recién nacido; explicación mágica a la muerte súbita del lactante. Este amuleto infantil de coral es posible contemplarlo ya en época tan temprana como el s.XV en la Madonna de Senigallia de Piero della Francesca. 

Madonna di Senigallia

Otra técnica pretendidamente eficiente, era colocar los zapatos del revés a los pies de la cama, como forma de desorientar a los espíritus. También era común grafiar en la techumbre del lecho escudos, cruces e insignias de protección mediante el humo de una vela. Pero la que ha dejado más evidencias para la arqueología contemporánea, eran las botellas de brujas (witch bottles) que se llenaban ritualmente de orina y clavos para atrapar maleficios, para luego enterrarlas en el umbral o en el hogar. Se siguen desenterrando aún hoy numerosas de estas botellas en antiguas casas inglesas.

La precaria ciencia médica del momento también prescribía sus protocolos para alcanzar el buen descanso. Algunas de sus premisas acerca del sueño eran ciertamente disparatadas. Por ejemplo, la tesis de la concocción suponía que el sueño "cocía" lo alimentos en el estómago, motivo por el cual era recomendable dormir semi-incorporado sobre varias almohadas para evitar que los gases de la digestión alcanzaran el cerebro. Por su parte la fisiología humoral recomendaba comenzar el sueño recostado sobre el lado derecho, favoreciendo el flujo del hígado, para cambiar a media noche al lado izquierdo. El sombrero de noche era preceptivo para proteger las cabezas (y lo cráneos rapados bajo las pelucas) de las miasmas nocturnas… 

Todas estas prescripciones "científicas" eran tan peregrinas como las prevenciones supersticiosas frente a demonios y brujas de todo pelaje, y ciertamente ambas convivieron en igualdad de prestigio durante mucho tiempo. Pero las tesis de los fisiólogos suponían un cambio de paradigma en la percepción de las tecnologías del sueño.  Las prácticas mágicas que presuponían un agente externo con voluntad propia frente al cual había que defenderse, cedieron paulatinamente el paso a las prácticas fisiológicas que determinaban causas internas sin agencia. Y si bien al principio ambas se igualaban en la precariedad de sus remedios pronto el camino abierto por la ciencia tomaría las riendas de nuestro devenir nocturno.

Veronal .1903

Es bajo esta lógica que la química moderna adquiere un protagonismo inusitado como la vía más eficiente para alcanzar el ansiado sueño. Ya en el siglo XVI Paracelso formula por vez primera el láudano, un potente opioide que acabaría popularizado en el XVII cuando el médico inglés Thomas Sydenham perfeccionó la receta combinando opio, vino de Málaga (o Jerez), azafrán, canela y clavo. El láudano alcanzó un enorme prestigio en toda Europa como un remedio casi milagroso, pero permaneció como un remedio de botica sin base científica alguna.  En  1832 Liebig  sintetiza el hidrato de cloral, el primer hipnótico sintético que se comercializa en 1869: una sustancia diseñada para producir sueño. Luego llegan los bromuros, y en 1903
el Veronal, el primer barbitúrico comercial  y con él, la primera epidemia de dependencia y de suicidios por sedantes. De ahí hasta nuestros días, la lista de somníferos no ha parado de crecer: barbitúricos de nueva síntesis, quinazolinonas, benzodiazepinas, imidazopiridinas (como el zolpidem) y antagonistas del receptor de orexina. La química moderna operó una transformación radical del sueño: de tránsito que se negocia mediante rezos y amuletos a efecto que se produce con un simple comprimido.

Pese al aparente desvelamiento de sus secretos, todas estas prácticas no hacen sino subrayar el carácter enigmático del sueño y la profunda fascinación que ha provocado en el imaginario y el ritual humano. Dormir sigue siendo umbral y frontera de la conciencia, suspensión de la vigilia, tránsito a un estado de vulnerabilidad y no deberíamos dejar de contemplarlo con un prudente respeto. 


Frente al exuberante repertorio de rituales y supersticiones nocturnas, nuestras contemporáneas formas de abordar el final de la jornada parecen teñidas de rutinaria y profana practicidad. El protocolo mágico y simbólico ha sido suplantado por uno prosaico y técnico, no exento, sin embargo, de sus propias ansiedades: poner la alarma, revisar el correo, cargar el móvil, ver quizá una serie o, ¿por qué no?, unos minutos de lectura antes de abandonarnos al sueño en la seguridad de un despertar que se da por descontado.    


Tal vez por todo ello, la performance "The Maybe" que la actriz británica Tilda Swinton realizó en el MoMA de Nueva York en 2013 nos devuelve a esa imagen primordial de un sueño frágil y enigmático. La obra había conocido ya versiones previas en la Serpentine Gallery de Londres (1995) y en el Museo Barracco de Roma (1996)  en colaboración respectiva con la artista Cornelia Parker y los franceses Pierre et Gilles, pero alcanzó su formulación más depurada en su iteración neoyorquina. Por espacio de un año y de manera aleatoria y esporádica la actriz aparecía por unas horas durmiendo encerrada en una urna enteramente transparente.

The Maybe . Tilda Swinton (1995-2013)


Como un Luis XIV, Swinton sacrifica su intimidad en el altar del escrutinio público, pero a diferencia del monarca francés su gesto no es exhibición de poder sino expresión de una lacerante vulnerabilidad subrayada por la urna de cristal en la que se encierra: una suerte de paréntesis abierto entre lo expuesto y lo inalcanzable.


En su versión inicial, The Maybe nació del drama, fue concebida como respuesta a la muerte por SIDA de numerosos amigos de la actriz británica  y como tal reacción reabre muchos de los interrogantes que rodean al misterio del sueño: la fragilidad del durmiente, la incertidumbre del despertar, el innegable parentesco con la muerte… al arte contemporáneo le cuesta escapar de las preguntas eternas que atañen a nuestras vivencias cotidianas. Pero para el protocolo que nos ocupa una cuestión queda en el aire: si para alcanzar ese plácido sueño entre multitudes Swinton echó mano de un paternoster o de una pastilla de Valium.



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Un Sueño Reparador

 A todas luces, el sueño es la mayor paradoja de la evolución en el reino animal. Si la preservación del individuo y la transmisión de sus genes son los principios básicos que garantizan la pervivencia de las especies, el sueño aparece como un engorroso obstáculo en la consecución de estos objetivos: un paréntesis, un tiempo perdido de vulnerabilidad extrema y ausencia de volición, en el que el silencioso instinto del sueño se impone definitivamente sobre otros a priori más urgentes: protegerse, alimentarse, colaborar o procrear. 


Sin embargo, su presencia constante e innegociable en todas las especies vivas nos da una idea de su importancia fundamental en el sustento de la vida. Todas las especies animales duermen o tienen formas análogas al sueño: desde los mamíferos hasta los insectos, pasando por anfibios, peces, aves y reptiles, aunque a menudo el sueño se manifieste bajo pautas muy distintas. Frente al nada despreciable sueño nocturno de ocho horas del ser humano, encontramos grandes dormilones como el koala o algunos murciélagos que pueden alcanzar las veinte horas diarias colgados desde la seguridad de las alturas. En contraste, otras especies más vulnerables apenas alcanzan dos horas de rápidas cabezadas, con las patas erguidas y siempre prestas a lanzarse a la carrera: es el caso de las jirafas, los elefantes o las cebras, robándole al descanso sólo lo imprescindible para no ser presa fácil de los depredadores nocturnos. En la cúspide de las argucias evolutivas encontramos a los delfines y otros cetáceos que duermen de forma alterna uno de sus hemisferios cerebrales dejando al otro vigilante con el ojo abierto, nadando y emergiendo para respirar cada vez que sea necesario.


Sin embargo, el fenómeno, aunque universal, mantiene su halo de misterio. Dicho de forma rápida, ¿por qué dormimos? A poco que pensemos, el agotamiento físico puede explicar el reposo del cuerpo pero no justifica el apagado de la conciencia. ¿Es acaso nuestra mente en vigilia una carga demasiado pesada para sostenerla de forma continuada? ¿Qué otras funciones fisiológicas entran en letargo durante el sueño?¿Cuáles se activan para poder repararnos mientras dormimos?. Como vemos el enigma del sueño tiene muchas aristas y ha ocupado la mente de pensadores y científicos durante siglos hasta los últimos avances de la neurología moderna. 


En la Grecia Clásica, el fenómeno del sueño oscilaba en un territorio entre lo natural, lo místico y lo metafísico. Debemos a Aristóteles, tan gran filósofo como discutible científico, el aterrizaje del sueño al terreno de lo meramente fisiológico. En su obra "Sobre la Vigilia y el sueño" atribuye su origen a los vapores resultantes de la digestión y que ascienden al cerebro. Allí, esa masa se enfría y desciende al corazón que era, al parecer de Aristóteles, el órgano central de la percepción, provocando la desconexión de los sentidos y la inmovilidad del cuerpo. 


En el entorno de la medicina hipocrática circulaban ya explicaciones semejantes: durante el sueño, el calor interno se retiraba hacia las regiones más profundas del cuerpo (el estómago y las vísceras) para digerir los alimentos. Se creía que la sangre se enfriaba ligeramente y se concentraba en el interior, induciendo la quietud. Por su parte, Galeno, ya en el siglo II, creía que el cerebro procesaba los alimentos transformándolos en espíritus animales: una especie de fluido psíquico que viajaba por los nervios. Durante la vigilia esos espíritus se agotaban por el uso de los sentidos y los movimientos. Los vapores de la digestión subían al cerebro, bloqueaban temporalmente estos conductos nerviosos y obligaban al cuerpo a dormir para reponer el inventario de espíritus animales. 


Todas estas descabelladas teorías erraban en las causas pero intuían la finalidad última del sueño: la necesidad diaria de una suerte de restauración del cuerpo y la mente humana. En qué consistía exactamente esa reparación ya era otro cantar. La ciencia moderna ha sabido precisar los grandes beneficios restaurativos del sueño y la lista es larga.


Para empezar, el sueño juega un papel fundamental en la consolidación de la memoria factual reorganizando lo aprendido, mediante una poda sináptica de los circuitos sobrecargados durante la vigilia permite rechazar lo irrelevante para poder seguir aprendiendo. Juega también un papel determinante en la limpieza metabólica a través del sistema glinfático: una dilatación del espacio entre neuronas que permite al líquido cefalorraquídeo lavar residuos cerebrales. El sueño juega también un papel en la regulación endocrina e inmune, con la secreción de la hormona del crecimiento, la regulación del hambre, la reparación de tejidos  y el sostén del sistema inmunológico. Asimismo el sueño media en la salud cardiovascular, reduciendo el estrés fisiológico y regulando la hipertensión. Y finalmente, dormir nos permite sostener la salud mental, mediante la regulación de las emociones y la correcta maduración cerebral. En pocas palabras: la ausencia del sueño es incompatible con la vida.


Albert Joseph Moore

Y sin embargo, sobre el sueño se ha levantado, históricamente, un manto de sospecha, a caballo entre el reproche moral la duda ontológica y el desprecio funcional: así entendido, dormir es una suerte de vicio prescindible, de abandono a la molicie indigna del hombre íntegro. 


Ahora bien, esta lucha contra el sueño se produjo en dos niveles diferenciados: el metafórico y el literal. El sueño, entendido en su forma metafórica, es un estado de ignorancia primigenia del que el hombre realizado debe despertar:  así Buda significa “el despierto” o “el que ha despertado”, a partir de la raíz sánscrita budh, despertar, y los no iluminados son durmientes que sueñan sumidos en la estulticia. No mucho tiempo después, en la Grecia Clásica, Platón reproducía una imagen semejante en el mito de la caverna: el hombre corriente estaba atado en la oscuridad a una suerte de sueño continuo del que sólo el filósofo alcanzaba a despertar. 


El prestigio moral de la vigilia frente al sueño contaminará, en buena medida, las críticas al sueño entendido en su vertiente literal. Así, en la propia Grecia, Heráclito lanzaba el primer reproche al durmiente: mientras que los despiertos comparten un único mundo quienes se abandonan al sueño se repliegan de forma solipsista en un universo propio, sustrayéndose de la vida comunitaria. 


Dos siglos más tarde los filósofos estoicos incidieron en esta dimensión moral. La vida recta exigía vigilancia sobre uno mismo, y el sueño, aunque necesario, también podía ser entendido como un abandono a la carne que debía ser sometido a medida, disciplina y autocontrol para el buen gobierno de uno mismo.


Con el cristianismo medieval, la sospecha hacia el sueño adopta un sentido más espiritual: la vigilia no es solo lucidez racional sino preparación del alma. Velar significa estar atento ante Dios, resistir la tentación de no caer en la tibieza. En el huerto de los olivos de Getsemani el propio Jesús conmina a sus discípulos: "velad y orad", mientras se aparta para encomendarse al Padre ("que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya"). Al regresar los encuentra sumidos en un plácido sueño. Jesús les afea la conducta: "¿Así que no habéis podido velar conmigo ni una hora? Velad y orad, para no caer en la tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil." (Mateo 26,40-41) 

Andrea Mantegna  "Cristo en el jardín de los Olivos" (1460)


El monacato cristiano hizo suya esta admonición y la condena hacia un sueño entendido como flaqueza del alma. En la vida monástica el sueño se fragmenta mediante rezos nocturnos, los maitines y la disciplina horaria. En una noche cargada de demonios, tentaciones, pero también de revelación y éxtasis, el cuerpo no se entrega por entero al descanso sino que es tiempo de oración, y la interrupción del sueño se transforma en un acto de penitencia, purificación y vigilancia. 


Con la llegada de los pensadores modernos el foco de la sospecha hacia el sueño se desplaza del ascetismo espiritual hacia una crítica epistemológica de la conciencia dormida. El sueño no es ya debilidad moral sino una grieta inquietante en la fiabilidad y continuidad de la conciencia. El sueño supone una ruptura de la soberanía del sujeto despierto: una interrupción de la voluntad, una caída en lo irracional y un desorden de la identidad. En Descartes esta sospecha alcanza su paroxismo: la verosimilitud del mundo onírico pone en tela de juicio la propia sustancia de lo real. 


El británico John Locke, desplaza esta inquietud hacia la relación entre sueño, conciencia e identidad personal.  Según Locke, la grieta ontológica no se encontraba tanto en la irrupción de lo onírico sino en la interrupción de la conciencia durante las horas de sueño. Dado que el yo pensante se apaga mientras duermo ¿Puede seguir afirmándose sin más la continuidad de ese yo que se define en su estado consciente?. La identidad personal depende entonces de una reconstrucción retrospectiva de la memoria que ata una conciencia escindida por el abismo del sueño.


A la crítica moral y ontológica del sueño habría de sumársele una tercera invectiva desde una perspectiva productivista. En los albores del capitalismo moderno y las sociedades burguesas, autores como Benjamin Franklin popularizaron el proverbio "early to bed, early to rise makes a man healthy, wealthy and wise". El dormir, aunque permitido debía ser regulado por una economía moral del tiempo que fiaba la utilidad del sueño a una ética de la disciplina y la prosperidad. Esta línea de pensamiento sería llevada a su zénit de la mano de Frederick Winslow Taylor, quien en "Los Principios de la Administración Científica" (1911) buscó la conversión de cada acto humano en una unidad medible. La metodología taylorista no incidía directamente sobre el sueño pero instauró una lógica que lo condenaba: cada movimiento debía ser cronometrado, cada instante perdido suprimido y el cuerpo del trabajador medido como un instrumento de relojería. 


El pensamiento taylorista encontraría su culmen en las investigaciones de Frank y Lillian Gilbreth en torno a la economía del movimiento.  Durante la Primera Guerra Mundial, Frank Gilbreth ya había servido en el ejército de los Estados Unidos investigando la manera más precisa de armar y desarmar un fusil. Al acabar la contienda llevaría este principio a todos los aspectos de la vida cotidiana, bajo la consigna de eliminar todo movimiento superfluo. Así, los Gilbreth, considerados padres de la ergonomía, se lanzaron frenéticamente a la fantasía de un cuerpo sin desperdicio, medible y auditable con precisión quirúrgica, extremo que les llevó al estudio de los micro-movimientos mediante cámaras de cine y cronómetro. Con estos antecedentes, no sorprende que el sueño fuese valorado en la medida en que sirviera a los propósitos de un cuerpo saludable y eficiente. Los Gilbreth, valoraban el sueño, sí, pero desde una perspectiva instrumental: la ausencia de sueño era un problema en la medida en que destruía la precisión de los movimientos y aumentaba los accidentes y a la postre era una merma a las ganancias de la empresa. 

Estudio del movimiento. Cronofotografía


Karl Marx, poco sospechoso de ser un tecnócrata rendido al productivismo, había ya denunciado la pulsión capitalista a apropiarse de todo el tiempo vital del obrero. Incluso el necesario para dormir era reducido al mínimo indispensable para seguir produciendo: el capital "usurpa el tiempo que exige el crecimiento, el desarrollo y el sano mantenimiento del cuerpo", y reduce el sueño a las pocas horas de sopor imprescindibles para revivir un organismo agotado". 


De hecho, en un polo culturalmente tan alejado como Japón, aunque próximo en el marco capitalista que lo envuelve, goza de un inusual prestigo el concepto de "inemure", estar presente durmiendo: una suerte de condescendencia incluso admiración hacia el trabajador que dormita sentado en el metro, en su puesto de trabajo o en una reunión. El inemure es interpretado como la entrega total al trabajo: caer rendido sin abandonar el lugar en la cadena productiva.


Ya en este siglo, Jonathan Crary, en su ensayo 24/7, ha denunciado los estragos que el capitalismo tardío ha causado sobre el natural impulso a dormir. Según Crary, para una sociedad librada a una productividad permanente y un consumo continuo, el sueño es el escándalo: una barrera a derribar, una frontera que debe ser conquistada a toda costa. 


Sin embargo, tal y como hemos podido comprobar, la enmienda al sueño no solo arrastra una genealogía mucho más longeva que el propio capitalismo, sino que desborda su marco político-económico. De hecho, en fecha tan temprana como 1929 la Unión Soviética, que distaba mucho de ser considerada una abanderada del capitalismo tardío, introdujo la nepreryvka, la semana continua de trabajo, un sistema de producción continua, con turnos escalonados y descansos rotatorios, a fin de que la producción fabril no se detuviera jamás. Como vemos, la vieja invectiva contra el sueño tuvo una prolija descendencia.


Lo que de verdad ha operado un cambio decisivo en los tiempos contemporáneos no es una nueva ética del trabajo, sino nuestro acceso a una perenne vigilia nocturna. Frente a un mundo troceado en franjas temporales ha operado una transformación tecnológica que ha disuelto los husos horarios: una humanidad global y digitalmente conectada ya no tiene una noche que compartir, y el acceso a la productividad y al consumo no conoce pausa ni concede descanso. ¿Será el insomnio el destino ineludible del hombre moderno?

Debemos precisamente a un ilustre insomne una de las reparaciones filosóficas más inesperadas de las bondades del sueño. Emil Cioran, pensador de la desesperación y del desaliento, hizo del insomnio una experiencia metafísica: la prueba de una conciencia abandonada a su propia intemperie. Tras años de privación del sueño, Cioran articuló un pensamiento en torno a la condena de una existencia sin sombras ni cobijo. El insomne queda desguarnecido del tiempo y la insoportable continuidad de existir. En sus noches en vela descubre que la lucidez absoluta no libera sino hiere, y que la conciencia que no cesa acaba convertida en suplicio. 

Emil Cioran
Desde esa perspectiva, el sueño ya no es el reparador del organismo sino del alma. Poco importan ya la limpieza metabólica, la regeneración de los tejidos o el sustento inmunológico si lo que de verdad está en juego es dar tregua a una conciencia exangüe. Solo así, una vez apagada la vigilancia e interrumpido el torrente de nuestros pensamientos, nos alcanza el dulce sueño, no como heraldo del descanso, sino del consuelo.

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Ese miasma luminoso



    Antiguamente, pocos eran los que se aventuraban a vagar al aire libre durante las horas nocturnas, so pena de caer presa de corrupciones físicas o morales. La noche premoderna distaba mucho de ser una entidad vacía, ya fuera de fenómenos o de estímulos. Antes al contrario, estaba traspasada por fuerzas y presencias, de naturaleza espectral o vaporosa, capaces de alterar el equilibrio corporal y espiritual del ser humano.

    Y es que según el parecer de las autoridades médicas de la Antigüedad, como Hipócrates o Galeno, las enfermedades procedían del efecto de los miasmas, efluvios corruptos del aire, exhalaciones nocivas de las zonas pantanosas y las aguas estancadas, los cadáveres y los detritus. Para los griegos ese miasma sobrepasaba la categoría puramente medioambiental, se trataba más bien de una contaminación moral y espiritual con agencia propia, emanada de la tierra a causa de crímenes de sangre, sacrilegios o cadáveres insepultos.

    Esos vapores malsanos, ese «aliento reumático» de las tinieblas, se acumulaban y acrecentaban en las horas nocturnas, transportando enfermedades y demonios, penetrando a través de los poros y la respiración de los durmientes, induciendo el flujo de humores nocivos y provocando inflamaciones o catarros.

    Las prescripciones sanitarias para permanecer a salvo de aquellos miasmas malignos exigían medidas profilácticas tales como: cerrar las ventanas al caer la noche, encender hogueras o fumigaciones para purificar el aire y evitar los pantanos durante las horas nocturnas.

    Aunque a ojos de la ciencia moderna algunas de estas disposiciones pudieran parecer gratuitas, lo cierto es que no dejaban de tener su refuerzo empírico. Y es que en la completa oscuridad de la noche premoderna no era infrecuente percibir en pantanos y cementerios pequeñas luces espectrales, débiles y erráticas que reforzaban la impresión de un aire cargado de presencias etéreas y amenazadoras, corrupciones de la materia, cuando no presencia del inframundo. Estos resplandores nocturnos, conocidos popularmente como fuegos fatuos, fueron asimilados en culturas tan alejadas como Inglaterra o Japón con almas errantes y reforzaron la ya mala reputación de la atmósfera nocturna. Hoy, estas exhalaciones espontáneas cuentan con una explicación más prosaica: se trata de combustiones espontáneas de gases como el metano, el difosfano o la fosfina propios de los parajes húmedos y de la materia en descomposición.

fuegos fatuos
    Precisamente, estos y otros gases, iban a ser el centro de la revolución neumática a partir del siglo XVII, que transformaría para siempre las teorías acerca de la composición de la más etérea de las sustancias: el aire. Gracias al trabajo de autores como Joseph Priestley, Antoine Lavoisier y Jan Baptiste van Helmont, el aire deja de ser una masa indiferenciada y pasa a ser un compuesto de gases identificables.

    No deja de ser curioso que van Helmont, quien acuñó para la ciencia moderna el nombre de gas (en neerlandés gheest) se inspirara en una doble etimología: de una parte del griego khaos (caos) y del neerlandés gheist (espíritu). El gas nacía a ojos de la razón científica asimilado a la más cándida de las supersticiones al ser definido como un espíritu de la materia.

William Murdoch
    A finales del siglo XVIII, el escocés William Murdoch logró extraer uno de esos espíritus por medio de la destilación seca o pirólisis de la hulla. Al calentar en una retorta el carbón sin la presencia del oxígeno, éste no se consumía sino que liberaba un gas, el gas de hulla, que, al prenderlo, generaba una luz mucho más potente y estable que la de las precarias velas y lámparas de aceite de la época. Una vez más la llama prendida simbolizó un hito civilizatorio: el miasma salvaje, otrora portador de terrores y corrupción, había sido domesticado.

    El espíritu emprendedor de Murdoch hizo el resto. Al principio Murdoch recolectaba el gas en bolsas de cuero o vejigas de animales para llevarlas de habitación en habitación como lámparas portátiles. Sin embargo, pronto comprendió que la naturaleza del gas exigía una conexión física entre el lugar de producción y el de consumo. Así, hizo perforaciones en las tuberías que había conectado desde la retorta de su jardín hacia el interior de su casa y encendió el gas que salía de ellas. De este modo, en 1792, su hogar en Redruth se convirtió en el primero del mundo en estar iluminado por gas por tubería. Perfeccionando este principio Murdoch consigue en 1802 instalar un sistema para iluminar la forja de la fábrica de Boulton and Watt en Soho, Birmingham, y en 1805 una fábrica de algodón en Manchester.

    Por aquel entonces Murdoch no estaba solo en sus descubrimientos, paralelamente en Francia, Philippe Lebon ideaba su thermolampe (1801) para uso doméstico individual, y el alemán Frederick Albert Winsor tuvo la visión de una infraestructura urbana centralizada, inspirándose en las canalizaciones del agua. Winsor entendió que el gas ya no era una mercancía que se compraba y se llevaba a casa (como velas o aceite), sino un flujo constante entregado a través de una red interconectada. Aquel miasma salvaje indomable se civilizaba y ordenaba para servir al hombre en su afán de derribar los muros de la noche.

    Los progresos tecnológicos en torno a la nueva fuente de luz no se hicieron esperar. En 1807, de la mano del propio Winsor, Londres ilumina con lámparas de gas una sección del Pall Mall, mostrando que las nuevas luminarias eran diez veces más potente que el antiguo alumbrado por medio de velas. El éxito de la nueva fuente de luz fue inmediato y su avance imparable. En 1823, más de 40.000 lámparas públicas iluminaban más de 200 millas de calles londinenses. Ciudades como París, Berlín o Baltimore pronto le fueron a la zaga desarrollando sus propias redes de iluminación de gas.

    El paisaje urbano nocturno sufrió una transformación radical. El nuevo alumbrado público fue alabado como la más eficaz de las policías, desterrando el crimen a rincones oscuros, y abriendo las grandes avenidas a una floreciente vida nocturna. La cartografía emocional de las ciudades se vio radicalmente alterada pasando de ser laberintos de sombras donde cada peatón debía llevar su propia luz, a convertirse en geometrías luminosas que permitían a comercios, teatros y cafés extender sus horarios más allá del crepúsculo.

    Esta transformación de la escena nocturna a través del gas fue abordada en obras de literatos como Charles Dickens, Robert Louis Stevenson, o Edgar Allan Poe. A su vez algunos pintores impresionistas como Pissarro, Whistler o Degas dejaron visiones del impacto de la nueva fuente de luz en la vida nocturna de las metrópolis modernas. De forma más intencionada y testimonial, encontramos un vivo reflejo del aspecto de que tuvieron las luminarias de gas en la obra del británico Atkinson Grimshaw y en la del pintor germano judío Lesser Ury.

    Atkinson Grimshaw (1836-1893) interpretó el realismo victoriano con una fuerte carga atmosférica. Se especializó en captar la noche industrial londinense, iluminada a la luz de las farolas: cómo las calles comerciales nacían a una nueva vida crepuscular, cómo la lluvia y la niebla creaban reflejos especulares en el pavimento húmedo, haciendo de la nueva iluminación nocturna verdaderos centros de la composición, brindando una visión poética del progreso industrial.

Atkinson Grimshaw, Reflections on the Thames Westminster

Atkinson Grimshaw - Liverpool Lights

    La obra del berlinés Lesser Ury (1861-1931), se sitúa, en cambio, en una encrucijada entre el impresionismo tardío, el realismo urbano y una sensibilidad existencial más propia del siglo XX. En sus cuadros, la refracción de la luz de las farolas de gas bajo ambientes lluviosos producen halos, reflejos y una descomposición lumínica de cualidades abstractas. En estas escenas se cruzan transeúntes bajo el paraguas, personajes aislados en cafés o multitudes nocturnas transformadas en una masa de contornos difusos.

Lesser Ury - calle lluviosa por la noche

   Como vemos, el arte y la opinión pública en general acogieron de forma favorable este miasma benefactor y civilizado, sin apenas atisbos de nostalgia por las viejas formas de alumbrado público mediante velas y lámparas de aceite. Sin embargo, no todo fueron parabienes en el proceso de su implantación. El paso de la iluminación tradicional al sistema de gas en el siglo XIX no fue solo un cambio técnico, sino una revolución industrial de la luz que alteró profundamente el paisaje urbano y la psicología colectiva, introduciendo una nueva forma de vulnerabilidad y temor.

    Y es que bajo el modelo impulsado por Frederik Albert Winsor, la luz dejó de ser un bien autónomo que se compraba en forma de velas o aceite para convertirse en un flujo dependiente de una infraestructura centralizada. Esto llenó las ciudades de gasómetros, enormes depósitos de hierro que se alzaban como torres colosales o hornos masivos en medio de la urbe. Para los ciudadanos de la época, estos depósitos simbolizaban tanto la "amorfia" como la peligrosidad de la nueva industria; eran estructuras negras, sucias por el humo del carbón y de una masa abrumadora. Pero sobre todo pesaba sobre ellos la amenaza constante de la explosión accidental, y los periódicos del momento denunciaron la irresponsabilidad de ubicar auténticos polvorines en el corazón de las ciudades. Explosiones como la de París en 1862 o la de Londres en 1865 reforzaron la idea de que la ciudad entera vivía permanentemente bajo la espada de Damocles.

Gasómetro, siglo XIX

    La sensibilidad política de la época, o la falta de ella, resolvió el problema ubicando los nuevos gasómetros en las humildes barriadas proletarias, generando una nueva geografía del terror industrial y la miseria obrera. Las nuevas infraestructuras producían suciedad, enfermedades y un constante hedor sulfuroso que obligaba a cerrar a cal y canto las ventanas de todas las casas próximas.

    No deja de ser una cruel paradoja y a la vez un magnífico retrato de época: aquel miasma domesticado que hizo por fin habitables las dulces noches de la Belle Epoque y abrigó el hedonismo nocturno de las clases burguesas, regresó aún más salvaje, más pútrido e infecto que nunca, al hogar de los desposeídos.

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Antes Rey que Estrella

 

Muchas son las cualidades que hacen destacar a Júpiter por encima del resto de planetas de nuestro sistema solar.  Es, huelga decirlo, el de mayor tamaño, con un volumen 1300 veces superior al de la Tierra, y su masa es dos veces y media la de todos los demás planetas del sistema solar combinados. Sin embargo, su sustancia, aunque colosal, es etérea: Júpiter es una inmensa esfera de gas, un gigantesco fenómeno meteorológico sin superficie solida alguna.

Su imagen distintiva, con sus franjas blancas y ocres marcando sus latitudes, son, en verdad, tormentas centenarias y franjas de nubes estabilizadas por vientos que recorren el planeta hacia el este y el oeste. Las diferentes tonalidades de estas bandas toman su color del azufre, fósforo y otras partículas en suspensión de la atmósfera jupiterina. Mención especial merece su característica Gran Mancha Roja en el hemisferio Sur, una colosal tormenta anticiclónica de un tamaño superior al de la Tierra, que gira en sentido inverso con vientos de hasta 600 km/h y que lleva rugiendo al menos 350 años, cuando fue avistada por vez primera por Giovanni Cassini en 1665.

Pero, bajo ese manto de nubes multicolores, la esencia de Júpiter es otra bien distinta: el planeta está formado principalmente por hidrógeno y helio. Esto lo convierte, en esencia, en una estrella que nunca llegó a prender, un sol frustrado, una stella abortiva. Júpiter quedó lejos de alcanzar la masa crítica que hubiera hecho de él una segunda estrella y, a nuestro sistema solar uno de signo binario. En esta tesitura nuestro cosmos hubiera sido otro bien distinto y las noches terrestres un raro fenómeno al quedar nuestro planeta encajado entre dos soles imperecederos.

En su lugar, Júpiter optó por reinar entre los planetas y en nuestros cielos nocturnos. Para un atento observador celeste, Júpiter aparece como un objeto de brillo firme sin el característico titilar de nuestras estrellas. Se desplaza lentamente de este a oeste, completando una vuelta por el zodiaco cada doce años, a razón de un año por signo zodiacal. Por este motivo Júpiter fue considerado como regente de los grandes ciclos, de las generaciones y los reinados. Así, en la tradición astrológica China, Júpiter era conocido como Suixing (“estrella del año”), una suerte de metrónomo celeste que marcaba los destinos colectivos más que personales, asociado a los reinados, las dinastías y las transformaciones del mundo. Era importante seguir sus prescripciones astrológicas para gozar de su conocido influjo beneficioso.

De manera simétrica, a miles de kilómetros de China, en la tradición astronómica helenística, Júpiter también era conocido como “Gran Benéfico” (Megas Euergetes), una puerta de acceso a la plenitud y la abundancia a través del conocimiento y la justicia. Una suerte de escudo protector que fomentaba la generosidad y la filantropía.

El vínculo del planeta con el dios epónimo, ya era otro cantar. Sin duda, Zeus/Júpiter era el gran rey del panteón grecorromano, y un pilar en el orden del cosmos, pero no siempre su comportamiento fue modelo de generosidad filantrópica. Gobernaba con puño de hierro sobre los olímpicos, y era el garante de la justicia entre los dioses y por extensión entre los humanos. Pocas veces su implacable ley se mostraba misericorde con sus ajusticiados. Bien lo supo Prometeo, condenado por robar el fuego olímpico y encadenado por ello a una roca en el Cáucaso, donde un águila inclemente le devoraba su hígado cada día, solo para que se regenerara por la noche y poder reiniciar el tormento.


Prometeo - Theodor Rombouts

No menos cruel fue el destino del mortal Ixión, acusado de intentar seducir a su esposa Hera. Pese a ser el más lubrico de los dioses, Zeus, lejos de mostrarse comprensivo ató a Ixión a una rueda candente que jamás detenía su giro infernal en el abismo primigenio del Tártaro.

Zeus de Esmirna
Pero de entre todas sus potencias, Júpiter era reconocido por ser el detentador del rayo y los fenómenos celestes, atributos del poder de la naturaleza sobre la Tierra. El rayo fue un regalo de los Cíclopes (Brontes, Estéropes y Arges) tras haber sido liberados por Zeus del inframundo al que les había encadenado Urano, su padre, temeroso de la prodigiosa fuerzas de sus propios hijos. El rayo fue el arma definitiva en la Titanomaquia,  la batalla donde se dirimió el orden del cosmos y tras la cual, Zeus acabaría reinando sobre las demás divinidades.

Los paralelismos de Zeus con su contraparte mesopotámica son algo más que asombrosos. Marduk, su equivalente babilónico, forma parte del grupo de los dioses jóvenes, una segunda generación de divinidades que nacen tras los dioses primordiales Apsu (las aguas dulces) y su esposa Tiamat (las aguas saladas). Apsu está molesto con ellos pues resultan ser muy ruidosos y decide aniquilarlos, pero Ea, dios de la sabiduría, se anticipa y mata a Apsu. Tiamat, en venganza, recluta un ejército de monstruos presta a acabar con los díscolos dioses. Es entonces cuando presas del pánico, éstos deciden buscar un campeón que los defienda: Marduk. Éste, accede con la condición de reinar sobre ellos en caso de victoria. Los dioses aunque aceptan a regañadientes le conceden el rayo y los vientos para librar la batalla de la que saldrá finalmente victorioso. En el combate Marduk parte a Tiamat en dos con su rayo, y con su cuerpo dividido crea el cielo y la tierra, estableciendo el orden primordial del cosmos.

Marduk - sello cilíndrico del s. IX a.C.

La iconografía babilónica difiere, en cambio, de la representación romana, y prefiere centrarse en su papel como organizador del cosmos, y no tanto en su representación antropomórfica. Como símbolo es a menudo encarnado a través de la estrella de ocho puntas o a través del emblema de la azada, con la que se representa su papel de agrimensor y ordenador de la tierra. Otras veces es su dragón híbrido Mushussu quien le representa. En su versión antropomórfica en cambio, muestra los rasgos soberanos de un rey de larga túnica y armado con arco, maza o espada.

En el contexto grecorromano, en cambio, Júpiter es encarnado con una majestad definitivamente humana. En su versión más canónica Júpiter se muestra como un varón barbado e imponente, blandiendo el rayo, o el cetro, gobierna el universo desde su trono celeste acompañado de su fiel águila, símbolo de su dominio de los cielos y su visión penetrante sobre el devenir de los mortales. Así lo debió representar Fidias en Olimpia, en una colosal escultura crisoelefantina, hoy desaparecida, que le valió la consideración como una de las siete maravillas del mundo antiguo.

Júpiter y Tetis - Dominique Ingres

Los emperadores romanos del alto imperio buscaron paulatinamente la asimilación de su figura a la del propio Júpiter, y a menudo incorporaron atributos divinos con los que manifestaban estar traspasados por el Genius Iovis, el espíritu protector de Júpiter. Los emperadores a partir de Augusto iniciaron un proceso de divinización en tierra, haciéndose erigir templos dedicados a su propio culto. Pero sin duda el punto álgido se alcanzaba al momento de la muerte del emperador cuando se realizaban los ritos funerarios y la apoteosis, es decir, el proceso de divinización del emperador. Esta tradición funeraria inaugurada por el propio Augusto, contemplaba la elevación de una pira de varios pisos de altura, una procesión pública con participación de sacerdotes y senadores y la liberación de un águila en el momento de la incineración como símbolo del ascenso del alma del emperador al trono de Júpiter.

Busto de Calígula 

Pero si hubo un emperador que llevó la asimilación de su persona la del dios del trueno al paroxismo, ese fue sin duda Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido, a su pesar, por un apodo que perduró desde su infancia: Calígula, “botitas”.  Su reinado fue tan breve (del 37 al 41) como desmedido en crueldad y extravagancia, fruto de unos delirios de grandeza que le llevaron a creerse, o al menos a querer ser tratado como un dios viviente, como Jupiter Optimus Maximus

Suetonio, ese magnífico compilador de chismes y maledicencias, no escatima en su “Historia de los Doce Césares” en dar detalles jugosos de su lascivia desmedida, pero también de sus brutales desvaríos: Se sabe que tenía relaciones incestuosas con sus hermanas Agripina, Julia Livia y su favorita Drusila, pero esto no era óbice para que las ofreciera como proxeneta a sus favoritos. De hecho, se afirma que consagró una parte del palacio imperial como prostíbulo donde obligaba a matronas y jóvenes de las familias nobles a trabajar allí como forma de humillar a la aristocracia.

Su crueldad no le iba a la zaga, se dice que participaba personalmente en numerosos tormentos y ejecuciones, que por lo general eran arbitrarias y dictadas por su capricho: “¡Que sientan que mueren!” ordenaba a sus verdugos. En cierta ocasión obligó asistir a padres a las ejecuciones de sus hijos, para luego invitarlos a un banquete en palacio, y obligar a los desgraciados progenitores a amenizar la velada contando chistes.

Pero no dejemos que nuestra avidez por la truculencia nos desvíe del tema: su delirio no fue tan solo monstruoso sino también megalomaníaco. Calígula fue sin duda el emperador que llevó más lejos el proceso de asimilación con Júpiter: cuenta Suetonio que al poco de alcanzar el poder pidió que se decapitaran las estatuas de los lugares más sagrados de Roma para poner su rostro en su lugar, y sentado entre ellas exigía ser adorado como un dios. Se sabe también que ordenó construir un puente que conectara su palacio con el templo de Júpiter como si de una extensión de su propia casa se tratara. Como buen histrión, le gustaba disfrazarse de Júpiter cuando no de Hermes o Diana y no contento con ello, obligaba a sus hermanas a secundarle en el papel a la guisa de consortes divinas como Juno o Venus.  

No es de extrañar que con esta mezcla de extravagancia y crueldad, Calígula se granjeara enemistades y buscara su propia ruina. No faltaron conjuras y complots para acabar con su vida. Hartos de sus continuas humillaciones la guardia pretoriana apoyada por miembros del senado planearon su asesinato en el noveno día antes de las calendas de febrero. La víspera del magnicidio Júpiter se manifestó bajo la forma de diversos augurios: un rayo cayó sobre el Capitolio, y su estatua sedente de Olimpia que iba a ser transportada a Roma emitió un sonoro bramido. El propio Júpiter se le apareció en sueños a Calígula propinándole una patada con el dedo del pie y haciéndole caer estrepitosamente a tierra. El destino de Calígula estaba sentenciado.

Fue acorralado en un pasaje y apuñalado por los conspiradores hasta la muerte. Se dice que algunos de sus fieles llevaron su cadáver secretamente hasta los jardines de Lamia, y fue quemado en una pira hecha a toda prisa. Calígula quien ansió como nadie la apoteosis en vida encontró la más mundana de las muertes.

Toda esta disparatada y cruenta historia bien merece una modesta enseñanza final: ya fuera de la estirpe de los dioses o de los farsantes, el vanidoso Calígula, que intentó empatarse a Júpiter, bien podrían haber extraído del astro, que prefirió quedarse en planeta, una valiosa lección moral: Es preferible brillar como rey, que arder como estrella.