Una vendetta lunar


Para  los astrónomos la luna es algo más que un simple satélite de la tierra. En primer lugar porque se trata del quinto satélite más grande del sistema solar y el mayor en relación en relación al tamaño de su  planeta, pues su diámetro de 3476km es un cuarto del diámetro de la tierra. Y aunque su masa sea 1/81 parte de la de la tierra su gravedad es apenas 1/6 menor. Otra singularidad es el hecho de que se trate del único satélite de la tierra, pues lo habitual es que lo planetas tengan muchos o ninguno.

Todo ello ha llevado con frecuencia a los astrónomos a considerar a la tierra y la luna, no como una pareja tipo planeta y satélite subordinado sino como un sistema planetario doble. Lo que sucede es que la predominancia de la masa del planeta tierra, hace que el baricentro de las fuerzas gravitatorias se sitúe en el interior de la corteza terrestre, exactamente a 1700km de su superficie o, lo que es lo mismo, un cuarto de su radio, por lo que la órbita final es, a grandes rasgos, la propia de un satélite con su planeta.

La luna gira en torno a la Tierra con una órbita elíptica a una distancia media de 384.000km con un perigeo (punto más cercano) de 354.000km y un apogeo (punto más lejano) de 404.000km.  Con una velocidad de 1km/s, la luna tarda en dar una vuelta alrededor de muestro planeta 27d 7h y 43min si se considera el giro respecto al fondo estelar, (revolución sideral)  pero 29d 12h 44m si se considera respecto del sol (revolución sinódica) que es la que tomamos como referencia del mes lunar. Esta discrepancia es debida a que mientras la luna gira en torno a nuestro planeta, éste ha ido completando su propio giro al sol. Además  como la luna tarda el mismo tiempo en dar una vuelta sobre sí misma que en torno a la tierra, nos muestra siempre la misma cara, esta lentitud en el el movimiento rotatorio de la luna obedece a que la gravitación de la tierra frena casi completamente el giro de la luna.


Estos son algunos datos que, a grandes rasgos, nos permiten describir a la luna de forma objetiva, sí, y exacta, también, pero que sin duda oscurece otros aspectos fundamentales  que atañen a la peculiar experiencia humana respecto a nuestro querido satélite. Pues la relación del hombre con la luna antes que científica ha sido simbólica, religiosa y emocional, y no necesariamente por este orden. Así que tratar de definirla con fría objetividad forense es como describir la bella figura de la amada a través de su Indice de Masa Corporal. El hombre antiguo no necesitó del irrefutable dato empírico para reconocer en ella a una poderosa fuerza del cosmos, capaz de marcar el ritmo del mundo a través de sus fases, de regular las mareas o de cardinar el espacio. 

Pero, ante todo, y precisamente por esta ausencia de cosificación a la que la redujo la ciencia moderna, el pensamiento antiguo imaginó a la luna como una fuerza viva y sagrada cuyo influjo se extendía por todos los rincones del planeta. No es de extrañar su personificación en numerosas divinidades que ocupaban un alto rango en sus respectivos panteones celestes: Sin en Babilonia, Khonsu, Isis, Thot en Egipto, Selene y Artemisa en Grecia, Luna y Diana en Roma, Tanit en Cartago, Coyolxauhqui entre los aztecas. A estas divinididades en virtud de su carácter lunar se les atribuían poderes tales como el control del ritmo de las lluvias y las aguas, un destacado papel en el renacimiento de las almas o un decisivo influjo sobre la fertilidad de los campos, las bestias y también de las mujeres. 

La singular vinculación simbólica de la luna con la mujer y su fertilidad tenía sin duda su origen en la sincronía de los ciclos lunares con los de la menstruación femenina, pero también por el papel que se le atribuía en el control del elemento acuático, también asociado con la mujer. Son numerosas las leyendas y mitos en los que la luna, en ocasiones bajo la forma de serpiente (animal de fuerte vinculación simbólica con la luna) copulaba con la mujer. Las esquimales solteras, por dar un ejemplo, evitan mirar a la luna llena por miedo a quedar embarazadas.

No era ése el único poder sobre la raza humana en general y las mujeres en particular, desde el período medieval estaba extendida la creencia que la luna tenía un papel determinante sobre el curso de las enfermedades por su efecto sobre todos los humores del cuerpo humano, y también por ser su causa primera ya que se pensaba que contaminaba la atmósfera nocturna con pestilentes efluvios. El satélite también estaba en el origen de los súbitos cambios de temperamento, los raptos criminales y otras alteraciones psicológicas... durante la fase de luna llena aumentaba el riesgo a quedar atrapados bajo su influjo o, lo que es lo mismo, a conducirse como un lunático. Las mujeres, como no podía ser de otra manera, estaban especialmente expuestas a sus efectos pues ellas son criaturas lunares por excelencia.

influencia de la luna sobre la cabeza de las mujeres
Pero todo este rico imaginario comenzó a truncarse cuando en 1610 un físico y matemático pisano de nombre Galileo Galilei posó por vez primera su mirada mediante su telescopio de reciente invención sobre la superficie lunar. Descubrió entonces tras aquella faz luminosa se ocultaba un territorio yermo y rugoso, muy alejado de las quiméricas fantasías que había imaginado el hombre hasta entonces. Galileo, como un moderno Acteón, posó su indiscreta mirada sobre Diana desnuda, pero en lugar de recibir por su atrevimiento el correspondiente castigo de la diosa, inició un lento pero imparable proceso de objetivación que conduciría al desencantamiento de la luna y a la destrucción tanto de las supersticiones asociadas como de su rico simbolismo. 


Tal vez por ello, casi 300 años más tarde, un ilusionista metido a cineasta, un encantador profesional y un selenita de tomo y lomo llamado Georges Méliès, imaginó la manera de reparar la afrenta. En uno de sus más entrañables sainetes cinematográficos, una luna divina y hechicera se toma un merecido desquite con un incauto astrónomo (un sosias del propio Galileo) que con humana ingenuidad ambiciona sacrificarla al falso dios de la ciencia.



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