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Epifanías nocturnas


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A pesar de las incontables ocasiones en que, en sus múltiples versiones, habremos contemplado la escena, ésta no pierde ni un ápice de su eficacia dramática: en mitad de la penumbra o de la noche cerrada, el héroe o la víctima, tanto da, penetra entre expectante y angustiado con la ayuda de una linterna. El haz de luz va entreabriendo los velos de la oscuridad, y guía su pasos y su mirada, que es también la nuestra. Como desperezados por la luz, los objetos emergen informes y fantasmales con sus perfiles rematados por crestas luminosas, hasta que de pronto... surge el monstruo, el cadáver despedazado o los amantes pillados en plena faena.


Los cineastas cuidan con esmero ese plano final, aunque dure apenas un instante, pues es el golpe de efecto que resuelve un crescendo emocional. Saben que en la secuencia final deben equilibrar a la perfección lo mostrado con lo oculto, lo iluminado con lo oscuro, lo velado y lo desvelado, para que la epifanía resulte más terrible y enigmática, en definitiva, más epatante.

Y sin embargo, sorprende reconocer cuánto le costó al arte occidental descubrir las inmensas posibilidades teatrales del efecto de la luz en mitad de la noche y de la oscuridad. Y sorprende doblemente en la medida en que la noche de nuestros antepasados estaba a buen seguro más llena de temores y misterios, y por tanto era territorio fértil para el vuelo libre de la imaginación. Pero sucede todo lo contrario, a poco que echemos la mirada hacia atrás, nos encontramos que la atmósfera nocturna no jugó ningún papel expresivo hasta bien entrada la era moderna. Precisamente cuando el desencantamiento del mundo (y por extensión el de la noche) comenzaba a ganar la partida.

Las pinturas al fresco de griegos y romanos parecían siempre construidas en un escenario  sin atmósfera, atemporal, tal vez inducido por el carácter eterno del mito. pesar de que sabemos bien por las fuentes literarias, que algunas de esas escenas transcurren de noche, nada en sus escenas nos permite inferir si se trata de una escena diurna o nocturna.

       Il tuffatore (Paestum)                                        Afrodita saliendo de las aguas (Pompeya)
La noche, en cambio, sí está presente en las pinturas murales y los libros miniados del Medievo, pero es una noche descastada, sin ningún efecto atmosférico, como un inocente telón de fondo, los personajes representados, habitan la noche pero no se contagian de su oscuridad. La pintura medieval se entendía como "iluminación", un instrumento que nos desvelaba la historia sagrada, y que por tanto no podía moverse entre tinieblas. 

Beato de Liébana                                                        Misal della Rovere


Curiosamente, ese principio radiante del arte del medievo, parecía extenderse incluso hasta los confines infernales. El averno medieval era cruento pero luminoso, negro pero no oscuro, pues en aras de la didáctica nada se nos ocultaba a la vista. Aunque, tal vez como deferencia al señor de las tinieblas y a sus demoníacos secuaces, éstos acostumbraban a representarse elegantemente enlutados. Pero, eso no cambia el fondo de la cuestión, si la negrura infernal no ocultaba nada, entonces ¿qué clase de oscuridad era esa?

El Infierno en el Hortus Deliciarium
1180


El arte del Renacimiento, a pesar del enorme avance que significó en la verosimilitud de la representación, estaba igualmente influenciado por este principio de la pintura entendida como iluminación de una escena. Se ha avanzado en la reproducción del claroscuro, y Leonardo, con el sfumatto, anticipa el papel fundamental de los valores atmosféricos en la representación artística, que el manierismo veneciano de Tiziano y Giorgione desarrollará, contrastando primeros planos luminosos con segundos planos en penumbra. Pero, en esencia, la pintura del Renacimiento italiano,es luminosa y diurna.
Paolo Uccello "San Jorge y el dragón" 1453                             Tiziano "Danae y la lluvia de oro" 1553
Leonardo da Vinci                           Jan van Eyck
Sólo en el arte del retrato, ficticio o real, podemos observar como la noche encuentra cierto acomodo. Algunos artistas descubren que un fondo en penumbra permitía concentrarse en la esencia del retratado, enfatizar sus rasgos, darle mayor prestancia o un halo de misterio. 

Mientras al norte de Europa, en las antípodas del hedonismo humanista italiano, la pintura del Renacimiento flamenca,  comienza a coquetear de forma más decidida con la imagen de un universo en tinieblas. Son claros ejemplos algunas de sus macabras Pasiones como las de Memling y Grünewald y también las siniestras alegorías de el Bosco o Brueghel. 
Grünewald "el escarnio de Cristo" (1503)                                     Brueghel "el triunfo de la muerte"(1562)
Haría falta llegar a la crisis humanista del Barroco, con las exigencias de persuasión y teatralidad que demandaba la nueva ideología de la Contrarreforma, para que la noche se abriera paso en la pintura haciendo tambalear  los principios compositivos del arte occidental.

El protagonista de tamaña revolución fue un joven, genial y pendenciero, de origen lombardo y afincado en Roma, llamado Michelangelo Merisi, conocido por nosotros por el sobrenombre de Caravaggio. Gracias a él comprendimos por vez primera la fuerza expresiva del paisaje nocturno, no a través de la representación un cielo estrellado, sino por medio de la presencia activa de su sustancia: la oscuridad.

De hecho, cuando contemplamos la obra del pintor advertimos que la mayoría de sus cuadros no representaban una escena nocturna, o cuanto menos el tema no lo exigía, como es el caso de "El sacrificio de Isaac" (1596). En otras como "la Vocación de San Mateo"(1600)  podemos advertir como la escena transcurre de día, pero al contrario de lo que sucedía en la pintura medieval, la escena diurna se ha vestido con los ropajes de la noche. ¿por qué?

"el Sacrificio de Isaac" (1596)                      "la Vocación de San Mateo"(1600)
Caravaggio descubre como una oscuridad envolvente permite reducir la escena a su esencia expresiva. Como vimos, el arte del retrato ya había anticipado este recurso que evitaba perdernos en detalles sin interés para concentrarnos en el rostro del protagonista. Pero nadie hasta ahora se había atrevido a llevar este juego de luces y penumbras a una escena compleja, con varios personajes interactuando en sucesivos planos compositivos. En las obras de Caravaggio todo aparece sumergido en sombras pero, como en una epifanía, un haz de luz divino se abre paso por entre la oscuridad revelándonos una acontecimiento estremecedor. En Caravaggio es la luz la que guía la composición y la mirada del espectador de la misma forma que en el Renacimiento lo hacía la perspectiva. Y lo hace apuntando a lo esencial, de tal suerte que nuestra vista no se pierde en anécdotas. En su cuadros no existe nada que no merezca ser pintado.

La manera en que Caravaggio transformó, gracias a la noche, la composición en pintura y la importancia de su legado, merecen ser explicadas con calma en futuras entradas. Hoy ya se hace de noche y el pasillo que ha de conducirme a la cama es especialmente oscuro.



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La noche cóncava y la noche convexa




El primer hallazgo de nuestra expedición es esta pequeña joya que en formato timelapse nos muestra el deslumbrante espectáculo de un cielo estrellado bajo la límpida atmósfera del desierto de Namibia. Recomiendo, a ser posible, verlo a pantalla completa y  con las luces apagadas (consejo válido también para el vídeo que cierra esta entrada). A buen seguro que a la mayoría de nosotros, la visión de una bóveda celeste en todo su esplendor nos resulta tan exótico como los arrecifes coralinos del atolón de Bora-Bora. 

Incluso cuando debemos conformarnos con la versión enlatada, al redescubrir la abrumadora belleza de un firmamento resplandeciente uno no puede reprimir cierta sensación de paraíso perdido o de paisaje truncado. Así como la noche urbanita extiende un manto plano de penumbra, en la noche estrellada el cielo da cuenta de su verdadera infinitud; las diferentes intensidades de sus astros dotan a la oscuridad de hondura y amplifican nuestra intuición de sus inabarcables dimensiones. Sólo así podemos imaginar hasta qué punto aquella bóveda centelleante debía provocar en el hombre antiguo una intuición precisa de su insignificancia e inspirar un sincero sentimiento de veneración religiosa.

En cambio, allí por donde se extiende la civilización moderna y, en especial, en nuestras ciudades la contaminación lumínica ha enmudecido al cielo, que permanece ciego, postergado, reducido a un deslucido telón oscuro, incapaz de ofrecernos su antigua grandeza. Aquel cielo nocturno al que antaño se dirigía el hombre siguiendo el rastro de lo divino  es ahora un espacio desprovisto de significación, inhabilitado para ser ya guía, misterio o inspiración.

Por el contrario, la noche significante ha invertido su campo de acción, traspasando la línea del horizonte, se refleja en la tierra en la misma medida que pierde sustancia en el cielo. A buen seguro que hoy son los dioses quienes, desde las alturas celestes, contemplan las constelaciones terrenales como un oráculo intextricable.

En cierto modo, no deja de tener algo de justicia poética el hecho de que contempladas desde el satélite, las estrelladas regiones terráqueas, sean precisamente los lugares en los que es imposible contemplar el espectáculo de un cielo iluminado.
Sin embargo, no quisiéramos dejarnos arrastrar la fácil nostalgia de una belleza nocturna y de una sensibilidad religiosa periclitadas. También esta nueva noche, desvelada por la luz artificial, ha excitado desde el primer momento la imaginación y el genio del hombre de la misma forma que antaño lo hizo el luminoso firmamento. Ya fuera con las tenues de las farolas de gas, ya con nuestros crepúsculos de sodio o con fluorescencias multicolores, la noche, ha seguido siendo musa inspiradora de nuevos mitos y nuevas bellezas. 
Chicago 

No, la noche no ha muerto... Cierto es que han cambiado los códigos para interpretarla, cierto que su apariencia se ha transformado. La noche cóncava y celeste, ancestral y sagrada parece batirse en retirada frente al imparable ascenso de la noche convexa y mundana, moderna y laica, pero ambas, a su manera, mantienen intacta su capacidad de hechizo, y nosotros, apenas podemos sustraernos a ese influjo, pues aún siendo animales diurnos o precisamente por ello, llevamos la noche como la cara oculta de nuestra naturaleza.


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Un preludio crepuscular

Tal vez no sea el mejor de los augurios estrenarse en la web con la incómoda sensación de haber titulado a esta modesta bitácora con un nombre que a buen seguro le viene demasiado grande. Recuerda a esos padres que bautizan a sus hijos con nombres ampulosos que asociamos irremediablemente a emperadores magníficos o a héroes invencibles: Pompeyo, Hércules, Cleopatra, Apolo. Los demás, inmunes al hechizo filial, nos preguntamos si ese nombre no oculta unas desmedidas expectativas paternas o si, a la larga, será una carga demasiado pesada para la pobre criatura. 

Y es que, a la manera de aquellos proyectos enciclopédicos medievales que pretendían encerrar todos los saberes en una obra magna, nuestra, insisto, modesta bitácora ha tenido el atrevimiento de llamarse desde su primer día Summa, título que, con esta primera y única entrada de presentación, resulta ciertamente ridículo.

Así que el título de este blog no debe verse a día de hoy como una descripción sino, más bien, como una aspiración. Tan sólo la perseverancia hará crecer nuestra criatura hasta hacerla acreedora de semejante apelativo o, cuanto menos, a llenar un poco más las inmensas hechuras de su traje. Al fin y al cabo, ésta ha debido ser una incomodidad común por la que han transitado cuantos han empeñado su talento en un proyecto de estas características, porque ¿en qué momento un proyecto enciclopédico merece llamarse Enciclopedia?¿Cuándo los saberes suman lo suficiente como para transformarse en Summa?

Aunque bien mirado, puede que esta bitácora jamás llegue a parecerse a una enciclopedia, una summa o cualquier clase de compendio sistemático... salvando las distancias, tiene todas las de acabar compartiendo la imagen anárquica de aquellos gabinetes de curiosidades que florecieron en las cortes humanistas de los siglos XVI y XVII al socaire de las grandes expediciones, y crecieron con los botines y obsequios de quienes se aventuraban a explorar el nuevo mundo. Poco importaban la naturaleza de los objetos que aquellas estrambóticas colecciones atesoraban, tanto daba si eran fósiles marinos, tortugas de Borneo, helechos tropicales o tallas africanas... todos aquellos objetos heterogéneos apenas compartían un único rasgo común: eran capaces de despertar la curiosidad y fascinación de cuantos los observaban.


Con idénticas intenciones arrancamos este proyecto, con la salvedad de que los tesoros que albergará este improbable gabinete virtual deberán cumplir con una segunda condición: la de pertenecer al reino de la noche, bien porque la habiten o porque la evoquen.

 Si el entusiasmo no decae y la voluntad no falla a lo largo de los próximos meses, desde estas páginas exploraremos la noche como antaño se exploraba el ancho mundo: en esta summa indisciplinada todos los saberes tendrán cabida: arte, literatura, ciencia, religión, antropología, serán invocados para aproximarnos a un fenómeno, la noche, con la que actualmente mantenemos la clásica relación de matrimonio carcomido por la rutina; y es que a fuerza de experimentarla cotidianamente hemos olvidado cuanto hay de fascinante en ella:  su naturaleza y su influjo, su historia íntima y secreta, su huella en la historia y en la cultura... pues la noche no es tan sólo una cualidad atmosférica, es también una condición fisiológica, un espacio psicológico, un universo simbólico y estético... 

...y nosotros, improbables expedicionarios de sofá y biblioteca, nos disponemos a adentrarnos en sus dominios, para iluminarla o para experimentar el turbador escalofrío de recorrerla a tientas.