De apagones y verdades


Cuando en 1879 Edison inventó la lámpara de incadescencia dio el toque de gracia a la noche tal y como el hombre la había conocido hasta entonces. Aunque hacía ya tiempo que se habían ido experimentando algunos sistemas de alumbrado público, con éxito variable, lo cierto es que debemos a la luz eléctrica una nueva forma de entender y vivir la noche. Desde su descubrimiento y en pocos años la vida nocturna en las ciudades se fue haciendo más luminosa y transparente, segura y desvelada.

Desde entonces, y ya hace más de un siglo, el hombre vive de espaldas a la noche. Nos creemos a salvo de su influjo parapetados tras un crepúsculo artificial de millares de incadescencias. Pero basta un fortuito accidente, sea un rayo o una sobrecarga en la línea de alta tensión, para que la noche, como un mar embravecido rompiendo diques, se cobre el territorio que la luz artificial le había arrebatado. Y nuestra reacción frente a esa noche desbocada tiene mucho del estremecimiento estupefacto con el que contemplamos la irrupción de una naturaleza salvaje en un espacio que creíamos domesticado. 

La ejemplaridad de este fenómeno es más evidente cuanto más luminosa es la cotidianidad nocturna de la población afectada. Sucedió en Nueva York en tres ocasiones, en 1965, 1977 y 2003.  Súbitamente los habitantes de una de las ciudades más tecnificadas e iluminadas del planeta se vieron abocados a vivir una noche a la antigua usanza. El primero de estos grandes apagones, debido a una sobrecarga en la demanda, dejó a los neoyorquinos a merced de sus terrores nocturnos. Aunque no hubo grandes problemas de orden público, se multiplicaron los avisos por avistamientos de ovnis, una modalidad de terror muy en boga por aquellos tiempos gracias a la popularidad alcanzada por la ciencia ficción a manos de autores como Ray Bradbury o Isaac Asimov.



Aunque suene a ironía, el apagón de 1977, sacó a la luz las tensiones raciales soterradas que habían ido creciendo a la vista de todos durante la década de los 70. En la calurosa noche del 13 al 14 de julio irrumpió la violencia en forma de saqueos en los barrios más desfavorecidos, llegándose a producir hasta 3800 arrestos.

En cambio, la gran fallida de 2003,  que dejó prácticamente a oscuras al estado canadiense de  Ontario y a toda la costa Este de EEUU (Casi 45 millones de afectados),  instauró un festivo estado de excepción al cobijo de esta noche inesperada. Bien fuera por imperiosa necesidad o por un lúdico sentido de la oportunidad, Nueva York vivió una noche insólita, con los bares transformados en improvisados asilos, gente durmiendo al raso en los parques e improvisadas actuaciones a cargo de grupos de animación. Sin querer obviar el innegable fastidio que supone un contratiempo de esta naturaleza, lo cierto es que aquella inesperada noche a la antigua fue en esta ocasión y por unas horas, la catalizadora de nuevas formas de sociabilidad y de una forma diferente de entender y emplear el espacio urbano.

La costa Este de Estados Unidos antes y durante el apagón de 2003
Un cariz mucho más dramático tuvieron los apagones del estado de Ledesma (Argentina) entre el 20 y el 27 de 1976, pues formaban parte de un operativo de las fuerzas represoras de la dictadura con el objetivo de realizar secuestros a gran escala entre estudiantes, militantes políticos y sociales, gremialistas y sospechosos de pertenecer a la guerrilla. Aquella noche cerrada sumó terror sobre terror en las víctimas a la vez que ofrecía cobijo y anonimato a los victimarios.

La lista de apagones memorables y de sus variopintas historias sería inacabable. Lo que  nos trae hasta ellos, lo que podemos intuir en esta brevísima antología de la oscuridad sobrevenida, es que a cada uno de estos apagones le correspondió una suspensión de las certezas y las máscaras que nos gobiernan durante el día y que la luz artificial artificialmente prolonga durante la noche.

No se trata simplemente de la manifestación de un miedo cerval hacia los peligros de lo oscuro, sino de un sentimiento más amplio en el que se conjugan instinto y anonimato: pues la noche cerrada es la mejor aliada para que aflore la otra verdad, la que entronca con nuestros temores y deseos inconfesables, la que se oculta a la luz del día. 

Una verdad nocturna más recóndita pero no menos cierta, que revela nuestros miedos ocultos, reales o imaginarios, que estalla en violencias vergonzantes y en venganzas criminales, pero que, de tanto en cuando, toma también el luminoso aspecto de la confesión imposible: la del secreto amor de Cyrano a una Roxana cegada por las veladuras de la noche.

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6 comentarios:

Auxi González dijo...

¿Un blog sobre la noche? Interesante propuesta... La noche me ha inspirado multitud de poemas y buena parte de lo que he escrito lo he parido durante la noche... Me pasaré a hacer una visita.

Por supuesto, tenéis permiso para enlazar LaGrutaDeLosLienzos e incluso de compartir buena parte de los textos, ya que la gran mayoría están bajo una licencia CC que permite su uso bajo mención de los autores y bajo una licencia similar. Este blog pervive, nunca mejor dicho, por amor al Arte.

Bienvenidos a la blogosfera. Espero que vuestra estancia aquí sea larga y feliz.

summa nocturnalia dijo...

La noche inspira a tantos... por eso quisimos averiguar un poco más sobre ella.

Gracias por la bienvenida, por lo que pueda durar, pues la perseverancia nunca ha sido mi fuerte.

Es mi primer experimento en la blogosfera, y resulta tan arduo como apasionante. Realmente es de admirar la constancia y la calidad del trabajo de blogs como el tuyo, a mi cada entrada me cuesta un mundo...

Anónimo dijo...

Felicidades. Una lectura amena y cautivadora. ¿Tienes documentado algún apagón de este tipo en España?

summa nocturnalia dijo...

Muchas gracias, cuando se comienza un proyecto de este tipo toda palabra de aliento es muy bienvenida (después también por supuesto).
En España más que documentados los tengo experimentados en carne propia... y más allá de las habituales quejas de los damnificados, no han habido grandes reacciones colectivas. Y eso también es un síntoma interesante ¿por qué en EUA sí y aquí no?
Por contra, tengo muy presente el enorme efecto paralizante que un gran apagón tiene sobre tus rutinas nocturnas. De pronto se nos devuelve a esa oscuridad tan invalidante y tan empequeñecedora, y uno no puede dejar de preguntarse cómo era posible sobrevivir cuando cada noche eramos engullidos por una noche sin la epidural de la luz artificial.

Anónimo dijo...

Tienes toda la razón. Mis padres se han hecho una casa en apartado pueblo de Zamora. Lejos de todo. De unos 20 habitantes. Puedes imaginarte que contaminación lumínica por la noche, más bien nula. Pues, compañero, caminar de noche por el bosque en un sitio así, es tremendo. Se disparan todos los temores. Como dices, te empequeñeces, te engulle y conectas con algo primigenio. Que acojona, vaya

summa nocturnalia dijo...

Me figuro que eres el mismo anónimo del anterior comentario...estoy descubriendo que los anónimos sois un ente colectivo un poco desconcertante, algo así como la voz del público. Uno trata de ponerles cara, y resulta divertido.
En cualquier y yendo al tema, si te pareció empequeñecedora la noche zamorana, ahora sitúate en las noches polares de seis meses al año, no puedo ni imaginar como se las debían apañar hace apenas un siglo en aquellas regiones. Quiero dedicarle una entrada, un día de éstos, se trata de una noche bien distinta a la nuestra, y seguramente con muchos aspectos sorprendentes. A ver que sale.
saludos

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